La derrota de Syriza en Grecia: una mala noticia para España
Ganaron los "buenos" en Grecia. Aquéllos que querían "los mercados", Angela Merkel y la Comisión Europea... "Son unos mentirosos, pero son nuestros mentirosos", pensaron.
Ganaron los "buenos" en Grecia. Aquéllos que querían "los mercados", Angela Merkel y la Comisión Europea... "Son unos mentirosos, pero son nuestros mentirosos", pensaron. Porque, no lo olvidemos, Nueva Democracia, el partido vencedor, fue el que escondió debajo de las alfombras miles de millones de euros en deudas y que fue el PASOK, socialdemócrata, el que descubrió el engaño, cavando su propia tumba (se ha convertido en tercera fuerza electoral con menos de la mitad de los votos que los dos partidos más votados, Nueva Democracia y Syriza). Inmerecido castigo y muerte del primer ministro Yorgos Papandreou, inmerecida y hasta insultante victoria de Andonis Samaras, líder de Nueva Democracia.
Parafraseando a Joaquín Sabina, en Grecia el miedo ganó la batalla del quiero. Como los españoles en 1814, han preferido gritar "vivan las caenas". El miedo a la libertad, de Erich Fromm. Pocas veces un país democrático del hemisferio norte ha acudido a las urnas con tanta presión sobre sus espaldas. ¿Es ésta la Nueva Democracia? Una orquestada campaña de propaganda, al más puro estilo Goebbels (una mentira repetida un millón de veces se convierte en verdad), hizo que calara entre la población griega que de la papeleta que depositara en las urnas dependía su permanencia en el euro o su ruptura con la Unión Monetaria y, por tanto, la entrada en lo desconocido. Votar Nueva Democracia era mantenerse en el euro; votar Syriza era volver al dracma y, por tanto, el desastre.
La primera reacción en los mercados fue positiva: en los primeros cambios en el mercado de divisas, tan pronto como el domingo por la noche, nada más conocerse los resultados electorales, el euro se aupaba por encima de 1,27 dólares. Las Bolsas asiáticas se calzaban interesantes subidas. Los índices de renta variable europeos comenzaban la jornada en verde. Y las primas de riesgo de España y de Italia se moderaban.
Pero esa situación en Europa duró unos pocos minutos. Los índices de renta variable italiano y español se daban la vuelta y entraban en unas dramáticas pérdidas. Y lo mismo sucedía con sus bonos. La rentabilidad de la deuda española a diez años marcaba máximos históricos por encima del 7,10%. El interés de su comparable italiano superaba de nuevo el 6%. Y el Banco Central Europeo, sin intervenir. Gracias por nada, Mario Draghi.
La Bolsa griega se dispara. ¿Por qué?
Eso sí, la Bolsa griega seguía disparada: si en algún momento llegó a cotizar la salida del euro, su permanencia en la Unión Monetaria justificó ciertas compras. ¿O era otra cosa? ¿No tiene que ver esta subida no ya con que se haya despejado el miedo a una salida del euro sino a que Syriza no podrá aplicar su programa electoral? La izquierda real griega quería sustituir el programa de austeridad impuesto por la troika a cambio del rescate por un programa de crecimiento y reconstrucción nacional. Tenía recetas para la mejora de la estructura del penoso sistema impositivo griego hasta igualarlo con el resto de los países europeos. Así, proponía la subida del impuesto de la renta para los más ricos, el impuesto de sociedades para las grandes empresas, la creación de un impuesto a las transacciones financieras y otro para los productos de lujo. No son propuestas que gusten mucho al capital. Que no se vayan a aplicar justifica por si solo la fuerte subida de la Bolsa griega. No hay que olvidar además que Alexis Tsipras, el carismático líder de Syriza, pedía una auditoría sobre la deuda pública, renegociar su devolución y suspender los pagos hasta que llegara la recuperación económica. Pero bajo ningún concepto Tsipras quería sacar a Grecia del euro, a diferencia de los comunistas del KKE. Lo dejó claro en un artículo que publicó en Financial Times la semana pasada.
Samaras, en el último tramo de la campaña electoral también dijo que quería renegociar con Europa los términos del rescate. Y Alemania parece que ha accedido. Pero todos sabemos que con Nueva Democracia continuará el adelgazamiento del Estado griego, las rebajas de impuestos, la sumisión y el servilismo.
Italia y España se miran en el espejo griego
Italia y España son esta mañana los países que más sufren. Quizás porque se atisba que ellos seguirán el mismo camino perverso que Grecia. Más austeridad, menos crecimiento y, por tanto, más dudas respecto a su capacidad de devolver lo que deben. Nos miramos en un espejo esperpéntico que ni los del callejón del gato de Valle Inclán.
El triunfo de Syriza hubiera sido una buena noticia para Europa en su conjunto. El pueblo griego hubiera legitimado en las urnas la apuesta por otra Europa más preocupada por salir de la depresión y la deflación. Alexis Tsipras hubiera sido un buen compañero para el presidente francés, François Hollande, cuyo partido, el socialista, barrió en las elecciones legislativas, con comedida pero alegre respuesta en el Cac 40 francés. Aunque puede seguir manteniéndose en positivo, como el Dax alemán, porque se aseguran el cobro de la deuda griega y de las demás. Syriza podría haber marcado un hito. Y eso temía Berlín, como Estados Unidos con el efecto dominó del sureste asiático en los años sesenta.
Aunque la dulce derrota de la izquierda real griega (la coalición de partidos que lidera Syriza ha subido desde el 4,6% hasta el 26%) no es tal: el perverso sistema electoral griego, diseñado para crear mayorías sólidas y para que no cambie demasiado la estructura del poder, regala 50 escaños a la fuerza más votada: Syriza, con el 26,89% de los sufragios consigue 71 escaños, mientras que Nueva Democracia, con el 29,66%, 129. Por eso, Tsipras también prometía cambiar el sistema electoral.
Por primera vez en mucho tiempo, quizá por primera vez en la historia, a muchos europeos les gustaría ser estadounidenses: por su banco central y por su Gobierno. Ellos salen de la crisis; si recaen es por culpa de Europa. A este lado del Atlántico nos hundimos.