¿Por qué no triunfará Hollande?

Las políticas que tiene el nuevo presidente francés, François Hollande, en la cabeza no llegarán a buen término. Es lo que nos tememos. A no ser que la crisis llegue a ser tan acuciante en Alemania, que Angela Merkel se vea obligada a ceder

Las políticas que tiene el nuevo presidente francés, François Hollande, en la cabeza no llegarán a buen término. Es lo que nos tememos. A no ser que la crisis llegue a ser tan acuciante en Alemania, que Angela Merkel se vea obligada a ceder para, entre otras cosas, no estrellarse en las elecciones a las que se enfrentará a finales del año 2013.

Quiere cambiar los estatutos del Banco Central Europeo para que su principio director no sea el mantenimiento de la estabilidad de precios, sino su combinación con el crecimiento económico y la creación de empleo. Además, no se opone a que el BCE compre deuda. Ésos son sus planteamientos respecto a la política monetaria. Respecto a la política fiscal, es partidario del gasto público para reanimar la economía.

Éstas son políticas que fabrican inflación, algo contra lo que los alemanes parecen haber emprendido una guerra sin cuartel desde los años veinte. El argumento fácil para explicar esa especie de obsesión de los alemanes contra la inflación es el trauma que ésta les provocó en los años veinte: las indemnizaciones a las que tuvieron que hacer frente tras la Primera Guerra Mundial provocaron que la República de Weimar imprimiera dinero sin límites, lo que llevó a la hiperinflación durante los años 1923 y 1924. Empobrecimiento y nazismo fueron los ingredientes que acompañaron al proceso.

Es un argumento fácil, pero, en todo caso, el temor secular de los alemanes a la inflación estaría justificado.

Aunque, ahora, lo que necesita la endeudada Europa es inflación. Hasta de un 5% o de un 6%, dicen algunos analistas. La subida de la inflación lo que hace posible es que el valor de las deudas se reduzca. Y, si además, la moneda (el euro en nuestro caso) también se devalúa, como consecuencia de las políticas expansivas, en esa misma dimensión se reduciría lo que deben los países. Se trata, como dicen algunos, de un "default", de un impago elegante: el país endeudado no dice que necesita una reestructuración de la deuda, pero pone en marcha las políticas apropiadas para que su deuda se reduzca.

Esto es lo que está haciendo Estados Unidos: con la subida de la inflación y la depreciación de su moneda, China, su principal acreedor, va a sufrir una "quita" importante cuando llegue el momento del vencimiento.

China no puede hacer nada contra la Reserva Federal. No hay nadie que se atreva a enfrentarse a un actor económico que tiene la facultad de fabricar todo el dinero que quiera para frenar a cualquier especulador. Quien ha intentado enfrentarse a la Fed ha perdido. Incluso el poderoso PIMCO, que hace un año recomendaba vender bonos americanos ante la posibilidad de un impago en agosto pasado o ante la posibilidad del inicio de una crisis de deuda en la primera potencia mundial. Ni siquiera Standard & Poor's ha dado argumentos suficientes para que los inversores se pusieran contra el imperio, no del tío Sam, sino de Ben Bernanke.

China sufrirá esa "quita elegante" por parte de Estados Unidos. En Europa, el principal acreedor sería Alemania. Por sus intereses vela (está demostrado) el Banco Central Europeo. ¿Permitiría Alemania una inflación que provocara sufrir una quita? O, mejor, ¿permitirían los grandes inversores, los grandes bancos de inversión del mundo, sufrir una quita? El "lobby" está en marcha. Algunos de esos grandes ya advertían del desastre que supondría el triunfo de Hollande. No en vano, éste ya había advertido que su enemigo no es la derecha, sino el sector financiero.

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Ese trauma germánico de los años veinte junto con la protección de sus intereses como principal acreedor europeo hace pensar que, posiblemente, Hollande no lo tenga fácil para llevar a buen término sus propósitos.

Aunque gran parte de sus propuestas deberían sonar como música celestial en las Bolsas: la inflación es buena para los beneficios empresariales. Lo verdaderamente destructor es esta espiral deflacionista que engorda tanto las deudas públicas y privadas que no va a haber activos ni riqueza suficiente para cubrirlas.

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