Castigo a Sarkozy
Tres trimestres consecutivos de crecimientos del PIB al que se sumará un cuarto en los tres primeros meses de 2010,[…]
Tres trimestres consecutivos de crecimientos del PIB al que se sumará un cuarto en los tres primeros meses de 2010, con un avance del 0,4%, según las nuevas previsiones del banco nacional que rebajan en una décima su estimación anterior. Un déficit presupuestario del 8%, por debajo del británico, del estadounidense, del japonés y de la media del G-7. Una deuda pública que supone el 69,4% del PIB, diez puntos menos que la media del privilegiado grupo de los siete. Y una tasa de paro del 9,6%, por debajo del promedio de la zona euro. No es malo el saldo de la gestión del presidente francés, Nicolás Sarkozy. Aunque ello tenga que ver más con la propia estructura de la economía francesa, que no es dada ni a grandes alegrías y, por tanto, tampoco se ve sometida a grandes ajustes, que a la gestión del Gobierno conservador galo. Francia se ha convertido, de hecho, aunque seguramente sólo de manera coyuntural, en el motor de la zona euro. Quizá por ello Francia se haya crecido y su ministra de Economía, Christine Lagarde, se sienta con la autoridad suficiente como para pedirle al Gobierno de Berlín que sea generoso y dinamice su consumo privado para ayudar al resto de los países de la zona euro con sus balanzas comerciales.
Con todo, Sarkozy no ha sabido sacarle partido a estas cifras económicas. Ni a que fuera uno de los primeros Gobiernos en inundar la economía de dinero, con un plan de gasto público por valor de 26.000 millones de euros ya desde finales del año 2008, sobre todo para apoyar al sector del automóvil, que supone un 10% del empleo del país y que, a día de hoy, siga apostando por la inversión estatal con un plan de 35.000 millones de euros y por las populares bajadas de impuestos, pese al déficit. Tampoco parece haber utilizado su partido en su argumentario electoral que fuera él uno de los mandatarios más exigentes en las cumbres del G-20 y más críticos con la inmoralidad capitalista.
Sarkozy no ha sabido reaccionar. Y eso que los franceses le llevaban advirtiendo de este castigo desde hace más de un año con las huelgas y manifestaciones más cruentas de Europa hasta que estallara la crisis griega. El Partido Socialista, tras varios años de travesía en el desierto, se ha vuelto a convertir en la primera fuerza electoral con un 30% de los sufragios. Es posible que a los franceses les guste más cómo gestionan la crisis los socialistas, que ya gobernaban gran parte de las regiones del país. Pero, teniendo en cuenta el tradicional centralismo de Francia, ésta no es una interpretación convincente. De hecho, los cuatro o cinco puntos porcentuales que ha arañado el Partido Socialista Francés a la UMP de Sarkozy se antojan irrelevantes cuando la foto de la jornada de ayer se completa con la cifra de quienes no votaron: más de un 52% de los franceses no acudieron a las urnas. Se trata de un nivel de abstención récord. Como casi lo fue el de las últimas elecciones en Alemania, el otoño pasado. La huella que la crisis económica ha dejado en la democracia es más profunda, incluso, que la que deja en la propia economía. O, simplemente, el alcance de la recesión ha destapado la fragilidad de la política frente a las finanzas. Y la gente se está empezando a dar cuenta.