Ya no somos tan parias
Deberíamos haberlo aprendido hace tiempo: en los mercados inmobiliarios en los que domina la propiedad sobre el alquiler, como Estados[…]
Deberíamos haberlo aprendido hace tiempo: en los mercados inmobiliarios en los que domina la propiedad sobre el alquiler, como Estados Unidos, Reino Unido, España o Japón, las espirales que se inician con una burbuja inmobiliaria y terminan con unas profundísimas crisis financieras y económicas parecen inevitables. Sobre todo cuando la vivienda se convierte en un bien con el que se especula como si se tratara de las acciones de un chicharro exigiendo rentabilidades de dos dígitos en pocos meses. Y, si no, que se lo digan a los británicos, cuyos problemas actuales tienen mucho que ver con la desafortunada decisión de Margaret Thatcher de privatizar el parque público de viviendas en alquiler.
Aunque éticamente la inversión en vivienda pueda no ser tan aceptable como cualquier otro tipo de inversión, en una economía de mercado no se puede impedir. Pero una crisis como ésta es siempre una oportunidad para el cambio. Para todos: para los que invierten y para los que sólo quieren una casa para vivir. Los inversores tienen que cambiar el chip: el alquiler no es un mal menor para su propiedad hasta que escampe. También los ciudadanos en general: vivir en régimen de arrendamiento no convierte a nadie en ciudadano de segunda categoría por no tener una escritura a su nombre.
En el mercado inmobiliario español influyen factores sociológicos pero, también, cuestiones económicas. El alquiler es caro en relación con la compra. Pero, ahora, el primero está bajando bastante más que la segunda. Porque los alquileres reaccionan, se adaptan con mucha mayor prontitud a la situación de la oferta y la demanda. Y, ahora, la oferta ha aumentado como nunca: son muchos los inversores atrapados en sus ladrillos que están optando por ese mal menor para sacarle rentabilidad. Y la demanda no está creciendo en esa misma proporción. Los caseros lo saben. Ya no son ellos los que tienen la sartén por el mango, los que formaban colas a las puertas de su casa de potenciales inquilinos a los que miraban con lupa y pedían mil y una condiciones. Ahora el inquilino tiene más poder de negociación. Ahora el arrendatario ya no es tan paria como antes. Como el que va con una nómina a la sucursal bancaria, ha subido un escalón en la pirámide social.
Si la deflación por la que claman algunos llega a los inflados precios de los alquileres, esta alternativa de vida puede recobrar atractivo. Ganará ventaja competitiva frente a la compra de vivienda. Y a ello contribuirá también el nuevo régimen fiscal que entrará en vigor el próximo año y que ya no prima la compra sobre el arrendamiento. Incluso los incentivos a la rehabilitación de inmuebles pueden hacerle un favor al mercado del alquiler en España. A la gente le tira para atrás el parque actual de viviendas en régimen de arrendamiento: los alquileres son caros y los pisos son muy viejos. Ante el aumento de la competencia, para dar salida a los inmuebles, los propietarios se pueden afanar en poner guapa su casa y, encima, con un IVA reducido y desgravándose.
Pero faltan muchas cosas para que España se convierta en una Alemania con un potente parque de viviendas en alquiler: por ejemplo, que los pisos protegidos se ofrezcan únicamente en régimen de alquiler; que las pensiones públicas estén aseguradas de manera suficiente o que aumente la cultura financiera de la gente y escoja otras vías de ahorro para la jubilación más allá del "ladrillo"; y, sobre todo, que quien quiera hacer dinero, sea osado de verdad y especule con otra cosa.
Y, sí, los propietarios también necesitan más protección contra el moroso. Pero los bancos también sufren mucho impago -de hecho, está en el origen de esta crisis- y no por ello se criminaliza al comprador.