¿Preocupación sobre la naturaleza? ¡No! Por la economía

Más bien la preocupación estriba en que el actual modelo de crecimiento basado en la explotación de cualquier factor de[…]

Más bien la preocupación estriba en que el actual modelo de crecimiento basado en la explotación de cualquier factor de producción sea viable en el futuro. Eso es lo que podemos deducir de la historia de las cumbres oficiales sobre la naturaleza, el cambio climático, la capa de ozono... La crónica sobre el ecologismo oficial comienza coincidiendo con la revolución de mayo de 1968. Ese año, un grupo de 105 científicos de 30 países se reunieron para estudiar los cambios que se estaban produciendo en el planeta como consecuencia de la intervención de la mano de la especie humana. La conclusión de sus reuniones llegó cuatro años más tarde recogida en un informe de Donella Meadow y otros investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusets titulado "Los límites del crecimiento". La presunta preocupación por el medio ambiente se transformó en un serio cuestionamiento sobre el modelo económico vigente. Esos analistas venían a decir que en un planeta limitado en lo que a recursos se refiere era imposible un crecimiento económico ilimitado. Había que echar el freno y conformarse con un primer mundo más austero y un tercer mundo no aspirante a repetir la revolución industrial a la occidental.

En los años ochenta se dio otra vuelta de tuerca a la cuestión. A finales de la década, en el Informe Brundtland, realizado bajo los auspicios de las Naciones Unidas, se dio a luz un nuevo concepto: desarrollo sostenible. Era lo suficientemente ambiguo como para que tanto los ecologistas como el mundo económico se dieran por satisfechos. Aunque los que salían ganando eran los segundos: de ponerse en cuestión la viabilidad misma del capitalismo se había pasado a poner todos los esfuerzos en garantizar su viabilidad en el tiempo: lo que debe ser sostenible en el tiempo es el crecimiento económico. Había que poner las medidas para estirar al máximo los recursos de la naturaleza.

En los últimos años, a la preocupación por los recursos se ha añadido una más: la de los residuos. Con el protocolo de Kioto y la cumbre que se celebra estos días en Copenhague lo que se pretende es limitar la basura que se emite a la atmósfera. A cada país se le asigna una cuota de CO2. Y dentro de cada Estado, el Gobierno reparte derechos de emisión de gases contaminantes por sectores e industrias. El que se pase le puede comprar derechos de emisión al que no llegue. Se ha creado así un bonito mercado de compraventa de basura en el que los inversores particulares también pueden entrar, aunque la inversión mínima es de 15.000 euros. Para evitar la especulación excesiva, según explican desde Intermoney, lo mínimo que se puede intercambiar en el mercado son derechos de emisión correspondientes a 1.000 toneladas de CO2 y cada tonelada cuesta alrededor de 14,5 euros, según su cotización en el Bluenext.

El objetivo, pues, de todas estas cumbres parece, simplemente, puro negocio. Porque, ahora que las energías convencionales, sobre todo el crudo, se terminan y alcanzarán precios prohibitivos, se hacen valer las compañías que apuestan por las energías renovables. Los analistas aseguran que en la Cumbre de Copenhague pueden recibir el impulso definitivo. Los inversores tienen, pues, otra alternativa de inversión para el medio o el largo plazo. Las españolas Gamesa, Iberdrola Renovables o Acciona son pioneras y tienen una fuerte posición en el mundo.

¿Quién hablaba de límites del crecimiento? El capitalismo es el arte de encontrar áreas de negocio hasta en el aire que respiramos. Hasta que todo explote. O no.

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