¿Cómo seremos los españoles tras el rescate?

Un rescate no sólo transforma las relaciones económicas del país, también se modifica la manera de pensar de los ciudadanos

Con la prima de riesgo en los 640 puntos básicos, cada vez es menos descabellado pensar en un rescate total de España. Incluso hay quienes consideran que también sería una intervención completa del país el hecho de que el mecanismo permanente de estabilidad comprara nuestros bonos. Habría quedado patente que el Estado no es capaz de convencer a los inversores por sus propios medios y que necesita un avalista, un prestamista de última instancia. Pero, al margen de si hay un rescate total, o no, lo cierto es que España ya ha acometido recortes que, a juicio de medios helenos, como el http://www.ekathimerini.com/, son excesivos. "Incluso desde una perspectiva griega, las medidas de austeridad adoptadas por el Gobierno español son alarmantes", afirmaba el artículo. "Mientras Grecia ha estado sufriendo una dolorosa y solitaria muerte, España parece abocada a cometer un espectacular suicidio masivo", añadía.

Un rescate no sólo transforma las relaciones económicas del país con el resto del mundo (el manido "quien paga -Alemania-, manda"). Como consecuencia de esos cambios, también se modifica la manera de pensar de los ciudadanos.

En Grecia ha sido algo espectacular y sorprendente. En el barrio de Exarchia, tradicional enclave donde quedan anarquistas de todas las edades, decorado con graffitis más o menos incendiarios, más o menos pacifistas, más o menos naïf, nos encontramos con dos jóvenes. Uno, ferviente convencido en el liberalismo pasado por un leve tamiz estatal. Al Estado sólo le confiaría la sanidad y el diseño de las reglas que aseguren la libre competencia en el sector privado. A su juicio, el rescate de Grecia está sirviendo para ir reduciendo el tamaño del Gobierno griego. Y, por eso, está esperanzado.

El otro es anticapitalista, pero tristemente y de oidas (su edad no supera los 25 años) nostálgico de la Dictadura de los Coroneles, "el mejor Gobierno que ha tenido Grecia nunca ha sido el que transcurrió entre 1967 y 1974", nos dice jugando al despiste, pensando que no tenemos una ligera idea de la historia de su país. Cuando le decimos que sabemos a qué se refiere y que en España también había una dictadura por entonces, nos increpa: "Pero había trabajo. ¿No conoces a gente que echa de menos a Franco en tu país? Porque en Grecia sí hay gente que añora esos años. Además, en Grecia no había una dictadura: a los únicos a los que se torturaba entonces era a los comunistas". No muestra muchas simpatías por los comunistas este chico. Casi justifica o, mejor, disculpa, las torturas. Menos mal que no considera a los crecientes militantes y simpatizantes de Syriza sus enemigos. A su juicio, la segunda fuerza griega por número de votos es "el nuevo PASOK". "Syriza, por lógica, es anti-clerical, pero está atrayendo votos musulmanes. Al final, la izquierda entregará el país a los musulmanes, como Chipre ha entregado la isla a los turcos", afirma. Peligrosa combinación: anti-europeísmo y racismo.

Su nostalgia no es sólo eso. Viene alimentada con muchas cosas más. En parte, por culpa de la Unión Europea que sólo ha funcionado para que el capital se moviera a sus anchas mientras las cosas iban bien "¿Qué de bueno ha hecho la Unión Europea por ti? Cada país debe estar unido internamente y luchar por sus intereses. Los griegos tienen que apoyar las empresas griegas, los españoles, a las españolas... Y, no hay que equivocarse: la canciller alemana, Angela Merkel, no es nacionalista, no quiere defender los intereses de los alemanes. Odia a Alemania, en realidad. Ella es sólo un títere en manos del capitalismo internacional". Y, tras ese capitalismo, ve al movimiento sionista internacional, con gente como Soros o los Rothschild. Otro ingrediente: antisemitismo. Demasiados viejos fantasmas.

Y, detrás de todo esto, nacionalismo, mucho nacionalismo. Porque no sólo anima el consumo de productos única y exclusivamente nacionales. También critica a los jóvenes que abandonan Grecia y se van a estudiar o a trabajar a EE.UU., el Reino Unido o Alemania en busca de un futuro mejor. "Terminan odiando o despreciando a Grecia y a todo lo griego mientras se dan un barniz de cosmopolitismo", añade. Y se queja de que muchos políticos no son 100% griegos. Eso es lo que achaca a Venizelos y a Papandreou. "¡Quieren destruir la milenaria cultura griega!".

"¿Qué ha pasado con Grecia, que fue la cuna de Europa, el lugar donde nació la filosofía?", se lamenta el chico liberal matizadamente pro-rescate. "Mientras en Francia un porcentaje importante de los ciudadanos se declara ateo, en Grecia, a tenor de lo que dicen los periódicos, el 99% somos cristianos", responde, achacando parte de la culpa a la religión del frenazo del en otros tiempos florecientes pensamiento heleno.

Las crisis económicas y el sueño de la razón que las acompaña generan este tipo de monstruos. No nos refererimos a las personas, sino a alguna de sus ideas. El último gran desastre económico que degeneró en exclusión social y devino en nacionalismo ya sabemos qué nos trajo: la Segunda Guerra Mundial. Ésta quizá no pase de ser una guerra económica. Nos libraremos de las armas y las muertes. Esperemos. Pero nos arrebatará la democracia (aunque sea ésta, devaluada y formal). En las últimas protestas en España se están colando mensajes con demasiados y preocupantes tintes "antipolíticos" (o contra los políticos), sin caer en la cuenta de que la alternativa, que no haya políticos o que haya menos, es mucho peor. Quienes ansian (bien en serio, bien con ironía) la llegada de un tecnócrata que sustituya al Gobierno de Rajoy para gestionar la crisis económica también caen en una taimada reivindicación de la dictadura como forma de Gobierno, como lo hicieron en los años veinte cuando pidieron un ingeniero de hierro para meter en cintura a nuestra querida España y llegó Miguel Primo de Rivera.

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A unos pocos metros del barrio anarquista de Atenas, en la que dicen degradada Plaza de Omonia, comienza una manifestación de obreros de una fábrica metalúrgica que llevan en huelga, nos cuentan, desde noviembre del año pasado. Hay muchos trabajadores y todavía más estudiantes. Los estudiantes van por delante. Van cogidos del brazo formando grandes filas. Por detrás, caminan los obreros. También van cogidos del brazo. Algunos llevan banderas rojas. Muchas de ellas anarquistas. Al llegar a la Plaza Sintagma, a los extranjeros se nos hace un nudo en el estómago. "España nos ha inspirado. Sabemos que nosotros inspiramos a los españoles. Estamos en el mismo barco", nos dice una manifestante.

La protesta termina en la Universidad, que está a cinco minutos del Parlamento griego. A primera vista, un síntoma de que es una ciudad más democrática que Madrid, donde la Ciudad Universitaria está prácticamente en las afueras y las zonas aledañas al Congreso de los Diputados están cercadas por la policía. 

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